domingo, 24 de julio de 2011

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Lugares típicos,
hojas deslizándose silenciosas a través del tiempo de verano,
un amanecer que no me encuentra dormida, más bien agarrada al fragmento de magia más fútil,
conociendo de fragilidad, sin experiencia alguna.

Esos peldaños que conducen a algún lugar,
esos vestigios de una primavera que nos rodean, a lo largo una madrugada de verano,
que a vos, si a vos también te embosco aún sin dormir.

Creía que esto era vida,
hasta que el verano devino en otoño, y el otoño en un invierno a mis huesos.

Los días se trascurrieron unos a otros,
como se sobrevienen las lagrimas después de una caída.

Y también llego el final, el desencuentro, el desencadenamientos,
la expulsión de un paraíso imaginado, inventado, coloreado a mano,
usando el naranja de las ojas, el marrón de tus ojos.

También fue fallido el hombre de cera, al que le di cualidad y vida.

Es de cera ruín, añejando todas mis creencias.

Yo ya estoy fuera,
mirando como de otro lugar, lugares comunes, ocupados maquinalmente, por mi desagradablemente amado hombre de cera.

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